Hablando de

Caza
Menor

Trucos, mañas, consejos y anécdotas sobre el deporte de la caza

El ojeo

Consiste en "HACER PASAR" los pájaros por donde están los cazadores esperando eso, a que pasen. Es una especie de "rececho provocado".
Se sortean entre los cazadores un número de "puestos" determinado en el que, escopeta en mano, se van a colocar a esperar la llegada de los pájaros para disparar sobre ellos e intentar matarlos. Es muy fácil "guiar" a los pájaros a esos puestos porque estos, los puestos, se colocan precisamente en la línea de vuelos que acostumbran hacer las bandas. Todas las bandas de pájaros tienen "establecidas sus costumbres", sus vuelos, sus comederos y sus agüaeros. Es muy raro que una banda de pájaros que se arranca, no vuele siempre de la misma forma y vaya en la misma dirección cada vez que se arranca. Esto, los cazadores lo saben, y, lógicamente se "apostan" en esos itinerarios para abatir las perdices.
Pero vamos a seguir con nuestro "ojeo":

En cada puesto se coloca un cazador. Pueden llevar un "secretario" que será la persona que se encargue de "cargarle" la escopeta, ya que se pueden llevar dos escopetas para no perder ni un minuto, ni un momento, el "ritmo de tiro" de la caza.
Una vez colocados cada uno en su puesto, se da la orden de empezar, y empieza el "ojeo":
Un grupo de hombres, abierto en abanico, empieza a andar haciendo ruido y pegando voces para ahuyentar a todas las perdices que se vayan encontrando a su paso. Las perdices, al principio, empiezan a apeonar delante de ellos, hasta que, acosadas, se levantan y echan a volar, como siempre lo hacen, siguiendo sus vuelos y en dirección a los "puestos" donde las esperan los cazadores con sus escopetas preparadas. Al pasar por los puestos les disparan. Cuando han dejado de pasar, se avisa que el ojeo ha terminado. Se recogen las perdices muertas y se dirigen todos a otros nuevos puestos, donde se llevará a cabo la misma operación. En una mañana se pueden dar dos o tres ojeos, y por la tarde, después de comer, uno o dos más, todo está en función del tamaño del coto y de la población de pájaros que se hayan criado. Al final de la jornada, se reparten las piezas cobradas, o se quedan en el coto, donde el dueño del cortijo se encargará de negociarlas. ¿Bonito, verdad?

Con todos mis respetos hacia quienes practiquen este tipo de caza, no puedo menos que decir que esto, ni es caza ni es "ná"...Esto es "TIRO AL PÁJARO"...

En toda mi vida de cazador he participado en dos ojeos, no más.
En el último, empezamos a las nueve de la mañana. Terminado el primer ojeo cogí mi escopeta, agradecí la invitación y alegué que debía marcharme porque tenía familiares a casa.¡Está visto que soy un cazador muy raro!...

Es que no tiene el más mínimo mérito disparar sobre unos pájaros que "entran a huevo" (fáciles) y con un vuelo mucho más suave de lo normal, a veces tan suave, porque puede coincidir con el momento en que ya están dispuestos a "echarse" es decir, tomar pié a tierra y terminar su vuelo. He visto ojeos en los que se han abatido pájaros prácticamente aterrizando e incluso "apeonando" (andando).

Un pájaro bravo, que se arranca en una sierra porque TÚ has sido capaz de buscarlo y levantarlo es algo muy distinto a un ojeo. Y lo curioso es que el primer pájaro que maté lo hice en un ojeo al que me invitaron a la sierra de LOJA (Granada).

Era mi primer día como "cazador de pájaros". Diecinueve años. Mi buen amigo FERNANDICO ARENAS, me llevaba,(y me soportaba..) para enseñarme a cazar. Recuerdo que vacié la canana. Tuve que pedir cartuchos prestados no recuerdo a quién. El papel que estuve haciendo durante todo el día fue el de "cohetero de feria", porque no hacía más que ruido, sin conseguir nada a cambio. A última hora de la tarde y en el último ojeo, cuando ya había perdido toda esperanza de matar un pájaro ese día, ¡zas! ¡MATÉ MI PRIMERA PERDIZ!

Ocurrió en un barranco. Las perdices volaban de derecha a izquierda que, dicho sea de paso, es un tiro más fácil que si lo fuera al revés. Pasaban largas (lejos). Lo estoy viendo tal y como ocurrió. Disparé. Vi como la perdiz cambió de rumbo y empezó a elevarse en línea recta, como un avión que tomara altura. De pronto dejó de subir, frenó, y cayó al fondo del barranco. Menos mal que era un fondo de piedras y no la perdí. Había una buena distancia desde donde yo estaba hasta donde cayó el pobre animal. Tardé muy poco en bajar, pero mucho menos en subir con mi perdiz en la mano. Cuando me encontré con Fernandino Arenas se reía porque, al acertarle con mi disparo, por lo visto, solté un ¡BIEEEEEN! que tronó y se oyó en todo el barranco. Al parecer me emocioné más de la cuenta... Fernandico se encargó de contarle a todos como maté mi primera perdiz, sin olvidar nunca el ¡BIEEEEEN! que había soltado. Es un buen amigo. Se jubiló y ha montado una armería. Las Navidades pasadas me presenté a verlo. No me esperaba. Hacía lo menos diez años que no nos veíamos. Nos abrazamos y echamos un rato de charla, recordando aquellos buenos días de caza. Me gustó verlo...

Y hablando de "ojeos", no puedo menos que recomendaros una novela, o su película: "LOS SANTOS INOCENTES". Podréis ver escenas que se desarrollan durante unos ojeos y podréis disfrutar con una gran obra de mi admirado MIGUEL DELIBES que, como sabréis es un gran cazador y mejor escritor.

La gran verdad es que ésta no fue la primera perdiz que maté. Hubo una anterior que, por poco, le cuesta un disgusto, y de los gordos, a mis padres: Veréis:
En TÁNGER, lugar donde nací, tuve la enorme suerte de vivir justo enfrente de la "HUERTA DE MARCHENA". Era una gran huerta con pinos piñoneros, árboles frutales, pájaros de todas clases y todo lo que un niño, que le guste el campo a rabiar, pueda pedir para disfrutar de lo lindo.
Eran las vacaciones de Semana Santa y hacía un día esplendido.
Como todos los días, levantarme, desayunar, e irme a la huerta era todo uno. Crucé la calle que separaba mi casa de "aquél pulmón verde en el mismísimo centro de la ciudad" y, siempre con mi tirachinas en las manos, me adentré buscando algún gorrión, alcaudón u otro pajarillo cualquiera sobre el que practicar mi puntería. En la huerta no me permitían entrar con mi escopetilla de perdigones. (Con el tirachinas tampoco, pero era más fácil de camuflar...)
La verdad es que me asusté cuando, a tres pasos por delante mía, se arrancó aquella perdiz. Nunca antes lo había visto. Nunca antes había oído ese voleteo tan fuerte y rápido. Había visto codornices, pero esto era otra cosa muy distinta. Me quedé mirando hacia donde iba y, cuando vi la zona por donde, más o menos, se había echado, corrí a buscarla tirachinas en mano. Vueltas por aquí, vueltas por allá... De nuevo la arrancada. Esta vez ya no me pilló tan de sorpresa, porque lo esperaba, incluso tuve la osadía de dispararle con mi tirachinas (¡Pobre iluso!) Esta vez voló hacia unos arenales que había en la huerta y la perdí de vista.
Intenté volverla a localizar pero no lo logré, así que me dirigí hacia una zona de palmeras datileras dispuesto a comerme unos cuantos dátiles.
Siempre hacía la misma operación: Tirachinazo a la palmera. Dátiles que caen. Dátiles que recojo y que empiezo a morder mientras miro al infinito... ¡Qué maravilla de Huerta de Marchena!...
Los dátiles no estaban aún en condiciones, y eso me hizo volver a la realidad. Cuando ya estaba dispuesto a levantarme para "dar una vuelta por ahí", veo a "mi perdiz" encima de unas piedras, al sol, tan pancha ella, y sin ánimos de abandonar la postura. Me levanté, retrocedí y corrí a mi casa a por mi escopeta de perdigones (de aire comprimido).
Era una escopeta vieja que había comprado de "segunda mano". No era muy buena, ni de marca conocida, pero yo le había hecho unos "apaños" que la convertían en una escopeta muy eficaz, sobre todo para las tórtolas, las oropéndolas, los abejarucos y palomos. El "apaño" fundamental era que le había agrandado el interior del émbolo donde se ubica el muelle. Esto me había permitido ponerle un muelle más grueso, aumentando la potencia de la escopetilla. Verdaderamente era la mejor de todas las que conocía, y todos mis amigos se quedaban boquiabiertos viendo cómo era la única que conseguía que, los plomos que disparara, atravesaran las latas de aceite de coche sobre las que nos gustaba hacer puntería. Fue la vez que menos tardé en subir a casa, coger la escopeta y plantarme de nuevo en las palmeras de la huerta (con la escopetilla pegada a mi pierna derecha para que nadie pudiera verla...).
Miré hacia donde había dejado la perdiz en su "baño de sol"... Allí seguía... Me tranquilicé, y una vez recuperado el pulso, y el aliento, cargué mi escopeta. Como un auténtico "apache" fui arrastrándome de mata en mata hasta "ponerme a tiro". La perdiz seguía allí... Respiré hondo... Le apunté a la cabeza... Apreté el gatillo y la vi caer aleteando ¡Le había acertado! Corrí a por ella y, por primera vez en mi vida, tuve una perdiz en las manos. ¡Mi primera perdiz!
No duró ni cinco minutos mi felicidad. Al poco, llegó el guarda de la finca y, al verme con la escopetilla y la perdiz en las manos, me "formó un pollo" de mil diablos. ¡Había matado "la perdiz del señorito Manolo"!... ¡Coño! Resultó ser una perdiz que tenía "el señorito" (hijo y heredero de la finca) y que, para más inri, estaba amaestrando...
¡Por lo visto la perdiz acudía a su llamada y hasta le comía en la mano!...
Estuve cerca de un curso sin aparecer por la huerta... ¡Cualquiera lo hacía después de la "faena" que había hecho! ¡Con razón estaba tan gorda la perdiz! A mi madre le encantó el presente y la preparó en escabeche. Yo, feliz y contento. El "señorito Manolo" supongo que no tanto...

Copyright ® 2013 | www.hablandodecazamenor.es | CWM Informática